Cuando hace una década pude visitar Suiza (cosas del amor) algo que me llamó mucho la atención fue que pese a ser un país bastante rico, con grandes facilidades para sus ciudadan@s, veía muchos sintómas de que ese estado de comodidad no los hacían más felices.
Durante esa época también fui becario en la administración pública, lo que me hizo recorrer diferentes oficinas y departamentos, conocer a bastantes funcionari@s, y llegar a la conclusión de que no quería ser funcionario. Ellos, pese a que tenían una posición privilegiada, con sus dinámicas, también estaban bastante lejos de ser felices en mi opinión (con contadas excepciones).
Durante estos años he llegado a la conclusión de que la gente necesita para su salud mental, tener objetivos, problemas, dificultades y superarlos con el día a día. El tenerlo todo, el tener una vida sencilla y sin dificultades, sueño de muchas personas cercanas, no nos hace más felices. Quizá es un patrón de comportamiento que tenemos desde nuestros orígenes y que ahora no nos podemos desprender de él tan fácilmente.
Como le decía una vez a un amigo sumergido en una explendida playa, aquella playa y aquella situación eran maravillosas, pero no me podría pasar toda la vida así.
La vida no puede ser una sencilla y continua pendiente descendiente. Necesitamos de cuestas y bajadas. La vida no puede ser solo felicidad, la felicidad no existe sin la tristeza. Si todo fuera felicidad, no la apreciaríamos. La dualidad taoista, esa explicación minimalista de la realidad, surge de nuevo.
Ayer cuando, por influencia de mi amigo Jéferson Assumção, leía La Rebelión de las Masas de Ortega, encontré esta interesante cita que me hizo recordar a tantos amigos/as a los que he intentado a veces explicar torpemente mi punto de vista:
Este personaje, que ahora anda por todas partes y dondequiera impone su barbarie íntima, es, en efecto, el niño mimado de la historia humana. El niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero. Ahora la herencia es la civilización -las comodidades, la seguridad en suma, las ventajas de la civilización-. (…) Tenderíamos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de superior calidad a la que consiste precisamente en luchar con la escasez. Pero no hay tal.(…) El aristócrata hereda, es decir, encuentra atribuidas a su persona unas condiciones de vida que él no ha creado, por tanto, que no se producen orgánicamente unidas a su vida personal y propia. Se halla, al nacer, instalado, de pronto y sin saber cómo, en medio de su riqueza y de sus prerrogativas. El no tiene, íntimamente, nada que ver con ellas, porque no vienen de él. Son el caparazón gigantesco de otra persona, de otro ser viviente: su antepasado. Y tiene que vivir
como heredero, esto es, tiene que usar el caparazón de otra vida. (…) La sobra de medios que está obligado a manejar no le deja vivir su propio y personal destino, atrofia su vida.
Toda vida es la lucha, el esfuerzo para ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar. Si la atmósfera no me oprimiese, sentiría mi cuerpo como una cosa vaga, fofa, fantasmática. Así, en el «aristócrata» heredero toda su persona se va envagueciendo, por falta de uso y esfuerzo vital. El resultado es esa específica bobería de las viejas noblezas, que no se parece a nada y que, en rigor, nadie ha descrito todavía en su interno y trágico mecanismo; el interno y trágico mecanismo que conduce a toda aristocracia hereditaria a su irremediable degeneración.
Vaya esto tan sólo para contrarrestar nuestra ingenua tendencia a creer que la sobra de medios favorece la vida. Todo lo contrario. Un mundo sobrado de posibilidades produce automáticamente graves deformaciones y viciosos tipos de existencia humana –los que se pueden reunir en la clase general «hombre heredero» de que el «aristócrata» no es sino un caso particular, y otro el niño mimado, y otro, mucho más amplio y radical, el hombre-masa de nuestro tiempo-. (Por otra parte, cabría aprovechar mas detalladamente la anterior alusión al «aristócrata», mostrando cómo muchos de los rasgos característicos de éste, en todos los pueblos y tiempos, se dan de manera germinal en el hombre-masa. Por ejemplo: la propensión a hacer ocupación central de la vida los juegos y los deportes; el cultivo de su cuerpo -régimen higiénico y atención a la belleza del traje-, falta de romanticismo en la relación con la mujer; divertirse con el intelectual, pero, en el fondo, no estimarlo y mandar que los lacayos o los esbirros le azoten; preferir la vida bajo la autoridad absoluta a un régimen de discusión, etc., etc.)
(…) la vida humana ha surgido y ha progresado sólo cuando los medios con que contaba estaban equilibrados por los problemas que sentía. Esto es verdad, lo mismo en el orden espiritual que en el físico. Así, para referirme a una dimensión muy concreta de la vida corporal, recordaré que la especie humana ha brotado en zonas del planeta donde la estación caliente quedaba compensada por una estación de frío intenso. En los trópicos el animal hombre degenera(…).
Pues bien: la civilización del siglo XIX es de índole tal que permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado del cual percibe sólo la superabundancia de medios, pero no las angustias. Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, de Estados previsores, de derechos cómodos. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar esas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción; no advierte lo inestable que es la organización del Estado, y apenas si siente dentro de sí obligaciones. Este desequilibrio le falsifica, le vacía en su raíz de ser viviente, haciéndole perder contacto con la sustancia misma de la vida, que es absoluto peligro, radical problematismo. La forma más contradictoria de la vida humana que puede aparecer en la vida humana es el «señorito satisfecho». Por eso, cuando se hace figura predominante, es preciso dar la voz de alarma y anunciar que la vida se halla amenazada de degeneración; es decir, de relativa muerte. Según esto, el nivel vital que representa la Europa de hoy es superior a todo el pasado humano; pero si se mira el porvenir, hace temer que ni conserve su altura, ni produzca otro nivel más elevado, sino, por el contrario, que retroceda y recaiga en altitudes inferiores.
La Rebelión de las Masas, Jose Ortega y Gasset, primera edición en "Revista de Occidente": 1930
(c) Herederos de José Orgega y Gasset
Nuestra acomodada sociedad de despreocupados blanquitos del norte no deja de ser esa generación mimada que lo ha recibido todo, que no ha sufrido ninguna crisis en sus carnes, que desconoce que es el hambre, que lo tiene todo fácil y al alcance de su bolsillo, que lo exige todo a cambio de nada y que a la vez dinamita la mayor herencia recibida, la naturaleza, con su consumismo irreflexivo, convulsivo e irresponsable.
Sirva esto de reflexión, orientación y motivación para este futuro plagado de dificultades que se nos presenta.
PD: Especialmente dedicado a mis amigos Javi y Rober con los que he tenido el placer de compartir recientemente un viaje en bici plagado de subidas y bajadas, como la vida misma.